
Desde tiempos inmemoriales, el caballo Pura Sangre Lusitano ha cabalgado por la historia con una majestuosidad inigualable. Su linaje se remonta a los antiguos caballos ibéricos que surcaron las vastas llanuras de la Península hace más de 20,000 años. En el corazón de su esencia late la sangre del indómito Sorraia, un equino de resistencia, velocidad y espíritu indomable, forjado por los elementos y la lucha por la supervivencia. A medida que las tribus celtas, tartesias y lusitanas poblaron estas tierras, el caballo lusitano se convirtió en su compañero más fiel, un aliado en la guerra y un símbolo de prestigio. En su silueta se reflejaba la grandeza de los guerreros que lo montaban, jinetes que desafiaban imperios y cabalgaban con el viento, dejando tras de sí un eco de libertad.
Cuando Roma extendió su dominio hacia la Península Ibérica en el siglo III a.C., encontró en los lusitanos y sus caballos un desafío formidable. Estos equinos, criados en las áridas montañas y los fértiles valles de Lusitania, se convirtieron en la pesadilla de las legiones romanas, superándolas en velocidad, agilidad y destreza. El célebre líder Viriato, en su lucha contra la expansión romana, demostró la supremacía de estos caballos en la guerra de guerrillas, empleando su movilidad para atacar y desaparecer entre los montes. Pero Roma, con su astucia y admiración por la excelencia, reconoció el valor de estos caballos y los incorporó en su poderosa máquina militar. Así nacieron las Alae Lusitanorum, unidades de caballería formadas por jinetes lusitanos que fueron desplegadas en los más lejanos rincones del Imperio, llevando consigo la destreza y el espíritu de su tierra natal. En Britania, Galia y el Danubio, los caballos lusitanos dejaron su huella, consolidándose como un tesoro codiciado en los campos de batalla y en las grandes carreras de cuadrigas.

Tras la caída de Roma, el caballo lusitano continuó su legado a través de los siglos. Con la llegada de los visigodos y más tarde de los árabes en el 711 d.C., su linaje se enriqueció con la influencia de los finos caballos berberiscos y árabes, dotándolo de una elegancia y resistencia aún mayores. Durante la Reconquista, los caballos ibéricos fueron esenciales para la guerra, y de esta selección natural surgieron dos linajes legendarios: el caballo andaluz y el caballo lusitano. Con la llegada del Renacimiento y la era de la equitación clásica, el lusitano se convirtió en la joya de la alta escuela ecuestre, refinando su porte y su destreza en el arte ecuestre. En el siglo XVIII, el rey João V de Portugal fundó la yeguada Alter Real, dedicada a preservar y perfeccionar esta noble raza. Desde entonces, el lusitano ha sido sinónimo de gracia, inteligencia y valentía, destacando en las más altas esferas de la equitación mundial.
Hoy, el caballo Pura Sangre Lusitano no es solo un símbolo de tradición, sino un estandarte de la excelencia ecuestre. Su presencia domina las arenas de la doma clásica, el rejoneo y la equitación de trabajo, y su nobleza lo convierte en la elección predilecta de los jinetes más exigentes del mundo. Con una historia tejida entre batallas, imperios y hazañas, el lusitano sigue cabalgando hacia el futuro con la misma fuerza y elegancia que lo hicieron inmortal. En cada trote, en cada galope, resuena el eco de su pasado glorioso, recordándonos que hay linajes destinados a la eternidad.